Castello di conegliano foto

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Navegamos hacia una isla en medio del Atlántico,

al norte de las Canarias.

Su nombre evoca frondosidad,

exuberancia.

Al acercarnos, el contraluz del atardecer nos hace vislumbrar

una silueta de tierra.

Apreciamos la costa vertical, pequeñas poblaciones

salpicando la cubierta vegetal.

La isla verde.

Jardín flotante en el paraíso. La perla del Atlántico.

Es Madeira.

Música

En medio de un anfiteatro natural,

se asienta la capital de Madeira: Funchal.

Cinco siglos atrás, colonos portugueses llegaron a este lugar,

a esta bahía soleada y brillante.

Aquí crecía con abundancia el hinojo.

"Funcho", en portugués.

Por eso, se le di el nombre a la nueva ciudad: Funchal.

Con los años, creció la población gracias a la situación estratégica.

La isla de Madeira, a 900 kilómetros de Lisboa,

estaba en ruta hacia las colonias portuguesas

de África, Oriente y América.

En consecuencia, la ciudad y, en especial, su puerto

fueron debidamente protegidos por fortalezas.

La del Pico.

De San Lorenzo.

Y Santiago.

Posteriormente, fue el comercio internacional

de productos tropicales

lo que atrajo la atención sobre Madeira.

Un fenómeno más moderno, el turismo,

ha terminado de conformar la isla.

Estos cambios no han conseguido cambiar el alma de su capital.

Funchal se conserva como en siglos pasados,

cuando venía la aristocracia europea

para experimentar la lujuria del trópico, el paraíso en la Tierra.

Sin embargo, el Funchal actual difiere mucho del de antaño,

el de los campos de hinojo.

Hoy en día, Funchal es una ciudad tradicional y moderna

de unos 100 000 habitantes.

Capital y mayor localidad de Madeira.

El resto de la población hasta llegar a los 250 000 habitantes,

se sitúa en pequeñas localidades desperdigadas por el litoral.

Especialmente, en la costa sur.

En el centro de la isla y en la costa norte,

las poblaciones son más escasas y pequeñas

al estar sometidas a las inclemencias

provocadas por la altura o el viento y el mar.

la isla fue descubierta por el portugués Joao Gonçalves Zarco

en el año 1421,

71 años antes del descubrimiento de América.

El capitán portugués

encontró un territorio colonizado por grandes bosques.

De ahí su nombre: Madeira.

A partir de entonces, la historia y vida de sus habitantes

está ligada a la de Portugal.

Lo portugués marca.

Y la capital de la isla, Funchal, es el mejor ejemplo de ello.

En la actualidad, Madeira

es una de las regiones autónomas de Portugal.

En la céntrica e histórica plaza del Municipio,

junto al ayuntamiento,

150 años después de su creación en 1569,

la Compañía de Jesús estableció un colegio.

Y, como es lógico,

el edificio respondió al estilo imperante en Lisboa,

el manuelino, en honor al monarca Manuel I de Portugal.

En esta corriente artística,

la arquitectura no enmascara la estructura del edificio.

Arcos, bóvedas y volúmenes

se muestran de forma simple y funcional.

En contraste, la pintura decorativa es intensa.

La utilización de azulejos proporciona luminosidad y color

a los elementos geométricos o figurativos

que conforman un entorno exuberante.

Cerca del colegio de los jesuitas,

tenemos otro importante edificio histórico.

La catedral de Funchal, llamada la Sé.

Construida a principios del siglo XVI,

la edificación siguió el estilo marcado por la metrópoli.

Las piedras de mampostería usadas son de origen volcánico,

material abundante en la isla

que contrasta con las paredes encaladas.

A partir del siglo XVI, Funchal pasó a convertirse

en un importante puerto entre Europa y las colonias.

Se transformó rápidamente en una ciudad próspera

desde la que embarcaba la producción de azúcar y vino,

principales productos de exportación de la isla.

Funchal sigue siendo el lugar natural

de entrada y salida de viajeros y productos de Madeira.

El puerto no es el único lugar por el que se desarrolla esa actividad.

El moderno aeropuerto de Funchal ha tomado el relevo.

Sobre la base del turismo, tres millones de visitantes al año,

se desarrolla un sector que ocupa a tres de cada cuatro madeirenses.

Madeira forma parte de un archipiélago en el Atlántico.

Es la mayor de las islas.

Tiene 57 kilómetros de largo

y un ancho máximo de 22 kilómetros.

La isla de Porto Santo está a 40 kilónetros de Madeira

y es la segunda en superficie.

Existen dos grupos de islas deshabitadas

de mucho menor tamaño.

Todo el archipiélago es de origen volcánico.

La isla de Madeira emergió del mar hace ocho millones de años

como consecuencia de la erupción de tres volcanes.

Su costa presenta las muestras de aquel choque entre tierra y mar.

La temperatura del agua, influida por la corriente del Golfo,

oscila entre 26 grados en verano

y 17 grados en invierno.

La posición geográfica del archipiélago, subtropical,

favorece un clima con predominio de temperaturas suaves y agradables.

Unido a la humedad del mar, favorece una espesa vegetación.

La topografía de Madeira es montañosa.

Los restos de los tres extintos volcanes

han dado paso a un macizo

que desciende abruptamente desde 1862 metros

hasta el mar en apenas 10 kilómetros.

El centro de la isla es una gran meseta despoblada

que en invierno, se cubre de nieve.

Aquí, el clima subtropical se vuelve alpino.

La altitud y el viento hacen que la vegetación sea rala.

El extremo este de la isla

contrasta con la exuberancia del resto de la misma.

En la punta de San Lorenzo, el protagonista es el mar.

La costa, sin la protección que ofrecen las altas montañas,

es barrida por el viento y azotada por el agitado mar.

Solo la pequeña población de Caniçal,

protegida de los vientos del norte,

permanece como lugar habitado.

En el extremo contrario, en el oeste,

el faro de Punta de Pargo ilumina hacia América.

Durante 70 años, este fue el lugar conocido

más a occidente del mundo.

Más allá, solo quedaba América por descubrir.

Las altas cumbres retienen los frentes atlánticos.

La lluvia está presente en casi todos los meses del año.

Estas precipitaciones, al descender, se vuelven torrenciales

y se precipitan al mar por empinadas laderas.

La fuerza hidráulica excava la tierra y socava el terreno

produciendo las conocidas "ribeiras".

Estos profundos barrancos se extienden alrededor de la isla

conformando la orografía madeirense.

Cuando llega la lluvia,

los cauces provocan el asentamiento de los sedimentos en la costa.

Su acumulación en la orilla del mar

crea unas características lagunas litorales

que muestran la contraposición de fuerzas entre el mar

y una costa que trata de asentarse

con los materiales que arrastran los fenómenos meteorológicos.

Los hombres y mujeres de Madeira,

prestos a aprovechar las facilidades de la naturaleza,

han construido sobre esta tierra huertos

y, en ocasiones, pequeños asentamientos

que muestran el aprovechamiento del entorno

por parte de quien no tiene más que lo proporcionado por la naturaleza.

Sobre este territorio, se ha forjado una sociedad

que ha hecho del aprovechamiento y conservación de sus recursos

la base de su prosperidad.

De los 741 kilómetros cuadrados de la isla,

dos terceras partes están catalogadas como reservas naturales.

Los bosques de laurisilva, húmedos y muy densos

cubrían la isla antes de que los colonizadores los incendiasen

para establecer granjas y cultivos.

Por la conservación y riqueza biológica,

mucha de ella endémica, los bosques de laurisilva de Madeira

fueron declarados patrimonio de la humanidad

en 1999.

Hoy, conscientes de su importancia,

los habitantes de la isla los cuidan

y contribuyen a su propagación.

Los eucaliptos, que fijaron un terreno erosionado,

están siendo sustituidos por especies

que compusieron los originales bosques autóctonos.

Los madeirenses cuidan esta valiosísima herencia

que hace de la isla

uno de los lugares del mundo con las biodiversidad.

De su riqueza natural,

forma parte un abanico de plantas exóticas.

La mayoría proviene de varias partes del mundo,

traídas por comerciantes y marineros de vuelta a casa.

En el Jardín Botánico de Funchal,

se cultivan más de 2000 especies de todo el mundo.

Aquí, estas plantas foráneas

encontraron un hábitat similar a su ambiente original.

Se adaptaron y prosperaron.

Las benefactoras condiciones de clima y humedad

hacen que las plantas se desarrollen en un ciclo natural

casi carente de estaciones.

Este hecho favorable ha propiciado que los habitantes de la isla

manifiesten una pasión por la belleza de las flores

y el cuidado de sus jardines.

Los jardines aquí son algo más que una afición.

Algunos de ellos, pertenecientes

a ricos comerciantes o propietarios,

como el Monte Palace,

están abiertos al público

y son punto de encuentro de ociosos e interesados por el tema.

Recorriendo sus caminos,

nos sumergimos en un entorno de gran belleza.

Proliferan las especies tropicales y autóctonas

integradas en entornos armónicos.

El encuentro con rincones inspirados en Oriente

es un aliciente más

para continuar recorriendo los 80 000 metros cuadrados.

La costa de Madeira es abrupta,

dominada por altos acantilados.

Las playas, escasas y pequeñas,

son de bolos y arena negra.

Solo la playa artificial de Machico

es de arena procedente de Marruecos.

Aquí están algunos de los acantilados más altos de Europa.

También es posible observar cascadas

que se precipitan en el mar.

Estos puntos de interés

congregan a los visitantes que se desplazan por la isla

realizando paradas intermitentes para contemplar el paisaje

mientras dejan correr el tiempo

hasta la siguiente parada contemplativa.

La altura atrae al hombre.

Esta costa vertical, peligrosa, que dificulta la llegada por mar,

no es apta para el turismo de sol y playa.

Pero el madeirense ha encontrado una forma

de, respetando la costa, poder disfrutar del mar.

En Puerto Moniz, en el extremo noroeste de la isla,

ha creado piscinas marinas.

Aprovechando el pie erosionado de antiguos acantilados,

ha construido diques

que remansan el agua sin impedir una renovación constante.

Así ha posibilitado el baño sin peligro

en un mar bravo y profundo.

Y ha construido un entorno de gran belleza

que recuerda los jardines orientales de agua y piedra.

Madeira es uno de los pocos sitios en el mundo

donde no hace falta subir a un barco para ir a los puntos de buceo.

Al ser la isla la cima de los sumergidos volcanes,

el fondo marino desciende de forma abrupta

y permite alcanzar grandes profundidades cerca de la costa.

A él se han adaptado especies tropicales y subtropicales

que atraen a submarinistas de todo el mundo

en cualquier época.

Para los que lo prefieran, en el acuario de Puerto Moniz,

el visitante puede conocer y observar cómodamente

una amplia representación de la fauna marina del archipiélago.

La lluvia llega a la isla desde el norte.

Así que la cuenca sur, más bonancible en temperaturas,

es también la más seca.

Para compensar este desequilibrio,

se han construido levadas desde hace 500 años.

"Levada", en portugués, significa llevar.

Estas acequias recogen el agua de las cumbres

y la llevan a la zona sur, hacia las áreas cultivables.

No solo la trasladan.

Le quitan su fuerza devastadora

al discurrir por desniveles pequeños.

Esta es una de las característica de los pobladores:

su capacidad de adaptación al entorno,

aprovechándolo en su favor e intentando no alterar su esencia.

Hay más de 2000 kilómetros de levadas

que constituyen uno de los atractivos de la isla.

Las hay por todas partes.

Las sendas que corren de forma paralela a los cauces

son caminos que los turistas aprecian.

Discurriendo entre bosques de una naturaleza preservada,

el "trecking" o, más sencillamente, los paseos

se hacen amables gracias a la información sobre su dificultad,

distancia y puntos de avituallamiento

o interés para el visitante.

El agua, que de forma abundante está presente en la isla,

se concentra en los lugares altos.

Es utilizada en la actualidad para generar energía hidráulica.

No se le priva al líquido elemento

de su fuerza al caer.

En la meseta, se pensó situar el aeropuerto.

Pero los fuertes vientos lo desaconsejaron.

Al no disponer de otro terreno más o menos llano,

los habitantes decidieron construirlo sobre el mar.

El aeropuerto es la obra de mayor envergadura de la isla.

Denominado Aeropuerto de Funchal,

ha pasado de los 1800 metros iniciales

a los actuales 2781 metros de longitud.

De esta manera, el pasajero pierde parte de la emoción

que conllevaba aterrizar en una pequeña pista sobre el mar

y ha ganado en seguridad.

La parte nueva de la pista es una obra imponente.

Soportada por 180 pilares

que constituyen un monumento de ingeniería.

Cada uno tiene un diámetro de tres metros.

Y la altura máxima es de 50 metros.

Con un relieve sinuoso que obliga a crear superficie donde no la hay,

la construcción de carreteras que permitan el transporte

no ha sido fácil.

Desde hace pocos años, para los que quieren conocer la isla,

hay una moderna red de carreteras que ha horadado montañas.

En apenas una hora, podemos recorrer la distancia

entre Funchal y el lugar más alejado.

Otro ejemplo de cómo los madeirenses se adaptan a su entorno,

doman la naturaleza y la aprovechan en su favor

es la creación de playas artificiales.

Se han empezado a construir

estructuras que retienen la apreciada arena dorada

que muchos visitantes demandan.

Caleta, antigua población pesquera,

ya ha comenzado a ver los frutos de este esfuerzo

que la cambiará para siempre.

Si bien los paseos por la isla y el disfrute de su flora

atraen a un gran número de turistas,

las islas de Madeira ofrecen otras alternativas.

Para quienes buscan sol y playa,

Porto Santo, a dos horas en barco desde Funchal,

es la solución.

La pequeña isla, de 11 por 6 kilómetros,

ofrece una playa virgen de nueve kilómetros

preservada por dunas.

Podemos disfrutar de un baño,

dar un largo paseo por la playa.

Después del chapuzón,

podemos recorrer la capital, Vila Baleira,

que con sus 5000 habitantes, es el núcleo más poblado

y visitar la Casa de Cristóbal Colón,

que se casó con la hija del gobernador antes de ir a Portugal

y después, a España,

donde su entrevista con la reina Isabel cambiaría el mundo.

Atravesando la capital,

llegamos a la costa norte.

En contraposición con la arenosa costa sur,

es una costa vertical.

Restos de antiguas dunas fósiles

se mezclan con restos volcánicos.

El contraste entre ambos litorales

se acentúa por la escasa distancia que los separa.

El interior de Porto Santo es árido y sin apenas vegetación.

Donde el viento sopla con más fuerza,

se sitúan los característicos molinos,

capaces de girar sobre sí mismos

en busca del más intenso viento.

Por su aspecto lunar

o porque se tiene la sensación de estar navegando

o porque vemos un horizonte de 360 grados,

merece la pena llegar hasta aquí,

pararse y esperar.

La relación de los madeirenses con su entorno

no siempre fue amable.

La destrucción de los bosques

se inició casi desde su descubrimiento.

La necesidad de tener terrenos para cultivar

acabó por diezmar los bosques.

La primera actividad agrícola de relevancia

fue el cultivo de la caña de azúcar, poco frecuente en Europa,

y casi considerada como una especia.

La producción atrajo a la isla a comerciantes judíos,

genoveses y portugueses.

El cultivo de la caña

era el motor de la economía de la isla.

La industria de la caña de azúcar se desarrolla hasta el siglo XVII,

cuando se incentiva la producción desde Brasil,

lo cual perjudicó a la economía de la isla.

A partir del siglo XVII,

el vino será el producto agrícola más importante.

el vino será el producto agrícola más importante.

Una de las consecuencias de la actividad comercial

desde el siglo XVI hasta el XVIII

es el intercambio de caña y vino por obras de arte.

Especialmente, con los Países Bajos.

Gracias a esta circunstancia,

podemos ver una importante colección de pintura flamenca

en el Museo Sacro de Funchal.

También se exponen obras de temática religiosa de la época.

Junto a estas pinturas, hay una colección de objetos

que fueron de uso cotidiano por parte de acaudaladas familias

y que hoy contemplamos como obras de arte.

El vino de Madeira tiene su origen en los barcos que paraban aquí

como lugar de aprovisionamiento en su viaje a América.

A la vuelta, observaron que expuesto al calor y la humedad,

había mejorado.

Este vino fue del gusto de la colonia británica

que comercializó y produjo.

En el centro de Funchal,

las bodegas Blandy's permiten hacer un recorrido

por las fases de elaboración del vino.

Al final de la visita,

es difícil resistirse ante algunas de sus variedades.

El vino de Madeira es un vino tonificado,

vigoroso, con un contenido entre 16 y 22 grados de alcohol.

Sus dos principales características son el envejecimiento con calor

y la preoxidación del vino.

Tenemos cuatro tipos de vino.

Seixal, que es seco y acompaña a ensaladas y pescado.

Tenemos el Bordanho, un vino más seco y se toma con patés y quesos.

Tenemos Gual, que es más oloroso y acompaña a frutas tropicales

o pudins.

Y finalizamos con Malvasía,

que es más dulce y acompaña muy bien al chocolate o al café.

Hasta la llegada de los primeros visitantes,

el peso de la actividad agrícola

fue determinante en la formación de la sociedad local.

La fabricación en mimbre,

un recurso fácil de obtener y abundante en la isla,

es un ejemplo de esta adaptación.

En el interior, en Camacha,

está el centro de producción de objetos de mimbre.

Esta fibra vegetal, una vez recogida,

es hervida, donde adquiere su característico color ámbar.

Una vez secada, llega a las expertas manos de artesanos

que crean utensilios para las labores del campo,

menaje para las cocinas o un mueble doméstico.

MUy cerca, en Santana,

podemos ver la utilidad de un material

que brinda la naturaleza.

El mimbre es impermeable.

Eso hizo que fuera utilizado como cubierta de las casas.

El transporte de mercancías o personas

siempre ha sido una dificultad a superar.

Durante mucho tiempo, la fuerza animal o humana

era la única forma de superar el sinuoso relieve de la isla.

Para facilitar el transporte de grandes cargas,

se utilizaba un carro que, en vez de ruedas, tenía patines.

Estos trineos movidos por bueyes

se desplazaban sobre caminos construidos con un material

que abunda en la isla y al que se le saca buen partido:

cantos rodados.

Colocados de forma conveniente, facilitan el movimiento,

delimitan áreas o, simplemente, decoran.

Aunque solo haya quedado como diversión,

todavía hoy en Funchal,

podemos ver y disfrutar

de esta forma peculiar de transporte

al que pocos visitantes renuncian.

El mercado de labradores, abierto todos los días en Funchal,

congrega a locales y visitantes

en torno a los productos de la tierra y del mar.

Caminar entre los puestos de los labradores

es percibir un ejemplo colorista

de la llamada exuberancia del trópico.

En una parte aireada, pero protegida del sol,

verduras, frutas exóticas,

flores traídas por los agricultores.

En la otra, los frutos del mar.

No podemos olvidar que Madeira es una isla

y, junto a la actividad agrícola,

la tradición pesquera está asentada.

En el mercado, podemos comprar o simplemente curiosear.

Atunes, cabrachos.

Pero el que llama la atención es el espada preta,

el pez más característico de las islas.

Pescado a gran profundidad, el cambio de presión

hace que adquiera ese aspecto flácido en la superficie.

Eso y su imponente dentadura.

Situado en la costa sur, muy cerca de Funchal,

Câmara de Lobos es el principal puerto de Madeira.

Se llama así porque antes de llegar los primeros pobladores

era refugio habitual de focas y lobos marinos.

Sus calles conservan la imagen de una típica población marinera.

Poco parece haber cambiado el día a día de estos hombres

que perseguían ballenas o el bacalao del banco de Terranova.

Hoy son capitanes de tripulaciones de visitantes

ansiosos por ver grandes cetáceos en los alrededores de la isla.

Al este de la isla, en Caniçal,

está el Museo de la ballena

en un lugar que destacó por la caza de estos mamíferos.

Aquí se homenajea a los hombres que lucharon contra estos animales.

Este espacio recoge la memoria

de lo que supuso para los isleños la pesca de la ballena.

Y es un centro de conservación e investigación de ciencias del mar.

Entre las prioridades del museo,

está ejercer una labor educativa con las jóvenes generaciones.

Como en otras actividades

que los niños realizan por los espacios naturales de la isla,

aquí se les enseña a disfrutar,

respetar y conservar la naturaleza.

El Museo de la ballena de Madeira trabaja de forma integrada

en tres áreas principales: ciencia, museo y educación.

Con la ciencia, investigamos y generamos conocimientos

que ponemos a disposición con exposiciones y servicios educativos.

Todo esto con el objetivo de acercar a las personas el mar

y sensibilizar sobre la conservación de la naturaleza y sus recursos.

De esta forma, podremos contribuir

al desenvolvimiento sostenido de la isla

y la calidad de vida que ambicionamos.

El puerto de Funchal

está en la ruta que realizan numerosos cruceros

que se desplazan desde el Caribe hasta Europa.

A los madeirenses les gusta decir que el turismo empezó aquí.

Tan rotunda afirmación tiene que ser contrastada

con la opinión de griegos, italianos e incluso egipcios.

A principios del siglo XIX, atraídos por el clima bonancible,

miembros de la aristocracia europea

empezaron a visitar la isla

en el llamado turismo de salud.

Los lazos de amistad entre Inglaterra y Portugal

hicieron que una importante colonia británica se estableciera aquí

trayendo usos y costumbres de su tierra.

La familia Blandys compró esta quinta de 1804

para convertirla en estancia de caza y veraneo

que ha permutado en alojamientos.

A su alrededor, se extiende el antiguo jardín,

hoy llamado Jardín Palheiro.

John Blandy,

aficionado a la jardinería antes de llegar a la isla,

se hizo traer especies vegetales de todo el mundo.

Madeira conserva muchas de sus hermosas quintas,

otrora residencias de príncipes y aristócratas,

comerciantes, políticos o escritores.

En la actualidad, su uso abarca variadas actividades.

La palabra quinta se refiere a una propiedad

con una extensión de terreno y con una casa de ciertas dimensiones

rodeada de jardines y de árboles.

Las quintas de Madeira

son una opción de alojamiento ideal en un entorno natural,

pero con todas las comodidades y servicios.

Algunas quintas han tenido un uso diferente

al destinado a cobijar a visitantes.

En el Museo da Quinta das Cruces, antigua posesión de un comerciante,

se encuentra el museo de artes decorativas.

Podemos contemplar muebles hechos en la isla

con las cajas que contenían mercancías traídas de Brasil

y que pronto descubrieron los isleños

que eran de maderas nobles, como la caoba, palo santo o ébano.

Una colección de objetos de uso cotidiano,

más que museo, con vocación enciclopédica.

Aquí todo responde al buen gusto personal del coleccionista.

Existen 16 quintas.

Cada una, con sus características específicas.

Aunque todas reúnen una historia,

naturaleza y gastronomía formidables.

Las hay más de diseño.

Otras, urbanas.

De campo o más tradicionales. Para todos los gustos.

Esta forma de alojamiento es compatible

con otras más convencionales,

cubriendo todas las necesidades del visitante.

En Madeira, convive lo antiguo y lo moderno.

La Casa das Mudas, un antiguo colegio

que acogió a personas con discapacidad auditiva,

convive con un moderno centro de arte

en el que se realizan exposiciones,

además de divulgar la creación mediante talleres o conferencias.

En este museo conservador del patrimonio artístico de la isla,

destaca la exposición de Max Römer.

Este pintor alemán se afincó en Madeira

y dejó una imagen de la isla que superó fronteras,

contribuyendo al reclamo exótico del territorio y sus habitantes.

Los madeirenses no viven del pasado.

Lo conservan, lo transforman

y se lo muestran a los visitantes.

La calle de Santa María, en el antiguo barrio de pescadores,

es un ejemplo de lo que es Madeira.

Hoy, las antiguas puertas de las casas

han sido ilustradas con imágenes que atraen a los visitantes.

Incluso podemos observar

la transformación de casas en galerías de arte.

Porque aquí, frente al derribo y la nueva construcción,

han optado por no desaprovechar nada.

Y mucho menos, la memoria.

En 1865, Vicente Gómez Da Silva

abrió un estudio en Funchal

dedicado a una nueva técnica que empezaba a despuntar

como herramienta para captar la realidad: la fotografía.

Desde entonces,

tres generaciones más de fotógrafos han retratado la vida de la isla.

Hoy, convertido en museo,

podemos visitar el antiguo taller

y contemplar la espectacular colección de fotos

con la historia de Madeira.

Música

En mayo, se celebra en Funchal

el evento que resume la integración entre los madeirenses

y la tierra que habitan: la fiesta de la flor.

A la celebración acuden hombres y mujeres

de toda la isla y numerosos extranjeros

deseosos de disfrutar de los festejos

embriagados de la belleza y hospitalidad

que ofrece la perla del Atlántico.

En la plaza del Municipio, se levanta el Muro de la Esperanza

con las flores que traen los niños de la isla.

Esta acción es más que un símbolo.

Es un compromiso entre las futuras generaciones

y la casa que los acoge.

Más tarde, el festival de las flores se traslada a las calles de Funchal,

que son invadidas por carros alegóricos

de la nueva estación.

Y exhiben especies florales

que dejan en el aire delicados perfumes.

A su alrededor, los isleños ejecutan coreografías

que muestran la determinación de ir unidos

en esa embarcación varada en medio del Atlántico

llamada Madeira.

Vivir en una isla marca el carácter de sus gentes.

El aislamiento y la limitación de recursos

son el origen de una adaptación al entorno

como medio de garantizar la supervivencia de los pobladores.

La fortaleza personal, el respeto al medio natural

y la economía de recursos son características heredadas

que se observan en la sociedad actual.

A ello hay que unir que los madeirenses han sabido asimilar

lo que viene de fuera con provecho.

En muchos casos, adaptándolo a las peculiaridades de su isla.

Junto a estos rasgos,

está presente la hospitalidad hacia el visitante.

Ese viajero que se toma la molestia de ir a su tierra

y al que se le muestra con orgullo sus conquistas.

Una amabilidad, en suma,

que siempre está presente, discurriendo al ritmo amable

propio de los países con climas bonancibles.

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